Dios nos conoce mejor que nosotros nos conocemos a nosotros mismos. Los sucesos relatados en la Biblia acerca de Israel forman un espejo en el que cada quien puede mirar el reflejo de su propia vida. En el pacto, o convenio, que Dios hizo con Israel, Él se comprometió a hacer una serie de cosas a favor de ellos, que iban de acuerdo con las promesas que había hecho a Abraham, y que repitió a sus descendientes, Isaac y Jacob. Josué, el sucesor de Moisés, afirmó en su libro que: "No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió" (21:45). En cuanto al pueblo, cuando Moisés les expuso lo que en aquel convenio Dios requeriría de ellos, todos "respondieron en unísono: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos" (Ex.19:7-8). Entonces, Dios les advirtió seriamente diciéndoles que si obedecían, y cumplían, con lo que les correspondía, que Él les bendeciría, pero que si no obedecían, y no cumplían, Él les maldeciría (Deut. 28). Israel necesitaba saber que comprometerse con Dios es cosa seria.
Pero en la historia de Israel la declaración constante de Dios a través de los profetas es como las palabras de Jeremías cuando les dijo: "Esta es la nación que no escuchó la voz de Jehová, ni admitió corrección; pereció la verdad, y de la boca de ellos fue cortada" (7:28). Dios asevera que en ellos la verdad, la rectitud de palabra, y el cumplimiento de la promesa que habían hecho, desapareció de sus labios. Dios conoce la naturaleza humana, y por eso, aún antes de entrar a Canaán, Él claramente les advirtió: "Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca" (Nm.30:2).
Dios les hizo ver la importancia de cumplir con lo que se promete. Un voto a Dios, o un juramento a cualquier otro, nos liga a cierta obligación que no puede ni debe de ser quebrantada. La palabra "quebrantar" se usa en la Biblia con el sentido de "profanar, corromper, o deshonrar". Todos estos son sentidos que indican que las palabras o promesas que salen de tu boca, pueden estar sujetas a la falla, o corrupción de la intención original. Eso es lo que Dios no quiere que suceda. Dice Él: "Cuando haces voto a Jehová tu Dios, no tardes en pagarlo; porque ciertamente lo demandará de ti". Para evitar caer en esa situación de no cumplir, Dios dice entonces: "cuando te abstengas de prometer no habrá en ti pecado. Pero lo que hubiere salido de tus labios lo guardarás y lo cumplirás" (Dt. 23:21-22). Y ańade: "Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas. No dejes que tu boca te haga pecar, ni digas que fue ignorancia" (Ec. 5:5-6). Los votos o promesas a Dios son algo totalmente voluntario, algo que surge de nuestros labios ya sea porque queremos que Dios nos ayude con algo, o porque nos sentimos agradecidos con Él, y queremos honrarle con lo que haremos. Pero lo espontáneo de nuestras palabras debe de resultar en la realidad de nuestras acciones, y para no ser culpable de incumplimiento debemos evitar hablar impulsivamente, porque Dios no acepta excusas.
El principio de obligación inviolable a lo que prometes, y la ventaja de no auto imponerte la carga de tener que cumplir con algo, es amplificado por Jesucristo cuando dice: "Habéis oído que fue dicho: No perjurarás, sino cumplirás al Seńor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, ni por la tierra, ni por tu cabeza. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; o no, no, porque lo que es más de esto, de mal procede" (Mt. 5:33-37). Aunque en tiempos del Antiguo Testamento, dice Jesús, se acostumbraba a hacer promesas y votos a Dios, los cuales deberían cumplirse, yo os digo, asevera Jesús, que la misma certeza con la que debéis tratar vuestras palabras a Dios, debe de caracterizar vuestras palabras a los demás. Cuando dices algo, no debe haber necesidad de jurar para respaldar lo que dices; tus palabras deben ser definitivas desde el momento que las pronuncias. Cuando dices que algo es así, o que será así, que esa palabra sea suficiente. Y si es no, que también así sea.
El problema está no solo en fallar en tus palabras a Dios; Hoy confrontamos una caótica situación, pues lo que las gentes se dicen o prometen entre sí, no se cumple. Desde los políticos hasta el más pobre y desposeído en una nación, mienten porque dicen y no cumplen. La Biblia identifica esto con lo que se opone y es contrario a Dios. Quien así se comporta la Biblia dice que es: "contumaz, hablador de vanidades, y engańador" y le compara a los cretenses de antańo que tenían la reputación de "mentirosos, malas bestias, glotones ociosos"(Ti.1:10-12). En contraste, a quienes verdaderamente pertenecen a Dios, Pablo les exhorta diciéndoles: "Dejad las palabras deshonestas de vuestra boca; no mintáis los unos a los otros. . . desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo. . . y siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo" (Col.3:8-9; Ef.4:25, 15).
Dios conoce bien nuestra tendencia a prometer, olvidar, y no cumplir. La expresión más clara de nuestra pecaminosidad está en las mentiras que a diario salen de nuestra boca. Si piensas que esas promesas que se transforman en mentiritas no son tan importantes, considera esto: Dice la Biblia: "los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre" y los cataloga junto con los incrédulos, los homicidas, los hechiceros, y los idólatras (Ap. 21:8). żCuál es la solución al pecado, de hablar y no cumplir, y a la tendencia a decir lo que no es verdad?
He aquí lo que dice la Biblia: "La palabra de Cristo more en vosotros y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Seńor Jesús" (Col. 3:16-17). Lo que necesitas es una vital relación con Cristo, con una clara expresión de su control de tu vida.






