La maldad | RPH 3707

La maldad | RPH 3707

por Cornelio Rivera

La maldad la medimos según el daño que cause. Los causantes del sufrimiento y muerte de millones, en campos de concentración de la segunda guerra mundial, los consideramos verdaderamente malignos. Así habrían considerado a sus amos, las personas que fueron traídas de África para ser esclavizadas por varios siglos. Hoy, hay muchos malignos causantes de sufrimiento, penalidades y escasez.

A un nivel más personal y directo, para la mayoría, maligno es el que te roba, que te engaña, que mira tu necesidad y pudiendo ayudarte, no lo hace. Maligno es el que habla mal de ti dando un falso testimonio, el vecino o el compañero de trabajo que te complica la vida y el pariente que te pone mal con el resto de la familia. Pensándolo bien, tú y yo somos candidatos a ser calificados como malignos, porque los hombres tenemos una fantástica capacidad para ser malos.

¿Es todo maldad en el mundo, sin haber nada bueno? Todo depende desde que punto lo veas. Vemos como algunos realizan beneficencias, dando de su tiempo, esfuerzo y de sus recursos económicos para ayudar a otros. Aunque poca, en comparación a la maldad presente, existe en el hombre cierta bondad. Pero viéndolo desde el punto de vista de Dios, el hombre es esencialmente malo. Dice la Biblia: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Jer.17:9). El profeta Isaías declara: "todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Is. 64:6). Aunque exista la posibilidad de escoger lo bueno, sabemos que tendemos hacia lo malo, pues nuestra naturaleza es esencialmente pecaminosa.

Lo que David escribió hace dos mil años, Dios lo dice hoy: "Todos se desviaron... no hay quien haga lo bueno… ni siquiera uno… con su lengua engañan… sus pies se apresuran para derramar sangre… no hay temor de Dios delante de sus ojos” (Rom. 3:12-18). Por muy buenos que parezcamos ante los que observan nuestras supuestas buenas obras, delante de la santidad y perfección divina, estas son opacadas y lo que es visible ante Él es nuestra maldad y pecado. Pero hay esperanza, Dios cambia al que por fe en Jesús se somete a Él.

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La maldad la medimos según el daño que cause. Los causantes del sufrimiento y muerte de millones, en campos de concentración de la segunda guerra mundial, los consideramos verdaderamente malignos.

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